martes, mayo 23, 2006

Fantasía enológica.






Serían alrededor de las nueve de la mañana de una templada mañana de mayo. La vi cruzando por la Plaza de la Cruz, en Pamplona, junto al estanque. Caminaba con prisa delante de mí. Su melena, larga y morena, se movía cadenciosamente al ritmo de su marcha. Una inmaculada camisa blanca y pantalón negro, ceñido, de corte andaluz. Zapatos negros, cómodos, que me impedían alcanzarla para ver su cara, hasta el momento intuida. La imaginé guapa.
Bullicio, gentío, música y un nauseabundo olor a champán sobre camisetas húmedas y amarillentas.
Allí apareció de nuevo, otra vez de blanco, en la Plaza del Castillo de la capital navarra, al mediodía de un seis de julio.
Ni me acordaba de ella. El calor apretaba y se estaba atando el pelo con un pañuelo rojo. Una camiseta de tirantes muy ajustada contrastaba con su piel morena. Se le adivinaba la respiración. Si, realmente, era muy guapa.
La brisa del mar desordenaba las páginas del periódico y unas gotas de espuma impedían, ya, la lectura de algunas letras. Apartando la vista del mapa del tiempo observé que una mujer joven, con cuerpo danone y hermosa figura se disponía a dar el primer baño del día en la playa de Hendaya. El sol me cegaba, ajuste mis gafas y me acomodé a disfrutar del horizonte, salpicado de pequeños barcos. Una sirena, pensé. Hasta ese momento dudaba que existieran. El mar, poco a poco, la fue trayendo cerca de donde me encontraba. Era ella. Más morena que en fiestas. Sus ojos claros, llenos de vida, brillaron cuando se encontraron con los míos. Tenía la piel erizada, supuse por la fría salida del agua. Soñé con sus salados labios carnosos y con su preciosa nariz.
Las hojas cayendo suavemente confirmaban el otoño en el Paseo del Prado de Madrid. Colgué mi mochila al hombro izquierdo y pasé al interior del museo Thyssen-Bornemisza. Tenía enfrente un Renoir,- Mujer con Sombrilla en un Jardín-, y me encontraba paralizado por su luz y el color. Alguien rozó, al pasar, mi espalda. Me giré ante tal atropello y desconcentración. Allí estaba, agachada recogiendo los folletos del museo esparcidos por el suelo. Me reconoció y dibujó una leve sonrisa en su cara. Se disculpó, y movidos por un impulso adolescente paseamos, de la mano, delante de todos los cuadros, sin mirarlos.
Salimos a la calle, queríamos empezar una velada inolvidable cenando en un buen restaurante. Ayudaría a conocernos algo antes de rematar nuestra aventura en la suite del hotel Urban Grand Luxe. De diseño moderno y con habitaciones insonorizadas, sería el lugar perfecto para sudar los gintonics del Glass Bar.
Por la calle de Alcalá nos dirigimos hasta el restaurante La Terraza del Casino. Nos sentamos uno frente al otro, una vela ardía en el centro del redondo mantel. Entre columnas, altos techos y amplias cristaleras, estábamos dispuestos a celebrar nuestro encuentro. Cada detalle del salón, cada gesto corporal, desembocaba en la explosión hormonal final.
Con la carta en la mano, pedimos un menú ligero que no provocara una somnolencia anticipada. Eso si, decidí sorprenderla con un gran vino. Nuestro vino, el que sellara el amor prohibido que nacía aquella noche y fuera combustible de nuestra pasión. Un vino de Laguardia, que diera empaque al inevitable lance, pero…

Lastima, no le gustaba el vino.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Presentamela que a mi el vino casi no me gusta...

La Guarda de Navarra dijo...

Lo siento pero la he olvidado por desagradable.

oscar dijo...

Que te dijera que no le gustaba el vino es señal de que la tenías en el bote. Quería que insistieras. Estas corto de reflejos.

La Guarda de Navarra dijo...

Tenemos ya una edad donde los indicios pasan desarpecibidos.